Hoy es un día perfecto para colgar esto, porque después de meses (desde el 1 de julio concretamente) posponiéndolo por fin me he cortado el pelo. Vaya cosa, diréis. Tenéis toda la razón, es algo que todo el mundo hace con frecuencia y normalidad. Sin embargo, hay una serie de acciones y eventos totalmente cotidianos que me dificultan considerablemente la vida pese a lo ridículos que son, de los cuales es bastante probable que vuelva a hablar. Aunque este problema en concreto esté en mayor medida solucionado, esta vez la procrastinación se ha sumado al contingente para barrarme completamente el paso a ser una persona normal (pensar que me tengo que cortar el pelo y actuar en consecuencia en vez de lamentarme), y he tardado una cantidad de tiempo verdaderamente vergonzosa para el esfuerzo bastante pequeño que conlleva. Aún así, ahora por fin está hecho, lo necesitaba, y puedo tachar una cosa de la lista infinita de cosas que tengo que hacer este fin de semana. Me alivia un poco, aunque el trabajo por hacer casi no ha disminuido en absoluto. Tendré que esperar a ver si esta vez consigo parecer un pulpo o una medusa, aunque creo que ha sido otro intento fallido. Por lo menos estoy suficientemente satisfecha. Dicho todo esto, os presento uno de los únicos escritos que tengo de hace algún tiempo y que no son tristes:
Tengo que cortarme el pelo. Esa era una frase que se repetía una y otra vez, una necesidad cada día mas acuciante. Cada día tenía las puntas peor que el anterior, y me lo decía yo, me lo decía mi madre, me lo decía mi amiga: tienes que cortarte el pelo. Sin embargo, era (y soy) incapaz de ir a la peluquería por mí misma por una serie de factores que se pueden resumir simplemente en "me da miedo interactuar con gente que no conozco, incluso para algo tan sencillo y rutinario como cortarse el pelo", del mismo modo que también soy incapaz de ir al médico sola y he acabado desarrollando un miedo irracional hacia el personal sanitario. Pedir la cita por teléfono ya me supone un grandísimo problema que no puedo afrontar bajo ninguna circunstancia, nunca sé que tengo que decir. Necesito un guión escrito que pueda seguir, las palabras exactas que debo recitar para concertar una cita, porque siempre me hago un lío. Me olvido de preguntar cosas fundamentales y luego tengo que volver a llamar, momento en el que deseo que se me trague la tierra lo más rápido posible y que nunca pueda volver a emerger de ella. Las manos me sudan y me tiemblan, y es algo tan inocuo como llamar por teléfono. A veces, cuando ya no puedo posponerlo más y me veo obligada, al finalizar la llamada (de unos 2 minutos, probablemente, que se me hacen eternos) me digo: "¿Ves? No era para tanto". Y aún así, no podría volver a repetir ese agónico proceso.
En conclusión: la peluquería estaba completamente vetada. Y, ¿qué hago yo sin peluquería? Mi madre también estaba descartada; la última vez que me cortó el pelo me mintió vilmente para hacerme lo que ella quería porque consideraba que "me quedaba mejor", de modo que ella no iba a volver a acercárseme empuñando unas tijeras. Sólo me quedaba una opción: cortármelo yo misma. Yo, que no tengo ningún tipo de noción estilística ni estética, que por no saber no sé ni combinarme la ropa. Hace ya unos años descubrí que, en ciertas situaciones y por vulgar que sea, lo mejor que puedo decir es "a tomar por culo" y hacerlo sin pensar más. Como cuando estás en un trampolín alto de una piscina, del que inicialmente te hacía mucha ilusión tirarte y, a medida que vas subiendo esa escalerita de metal algo tambaleante tu idea se tambalea con ella, y una vez arriba piensas: "Uy, no, yo no me tiro por aquí ni de coña". Pero, claro, tampoco quieres no tirarte. ¿Me tiro? ¿No me tiro? ¿Me tiro? ¿No me tiro? Al final han pasado cinco minutos y tu hermana te grita "¡Oye! ¿Te tiras o no?", momento en el que debes tomar una decisión, sea la que sea, porque hay más gente esperando para subir, y no puedes ir dejando pasar a la gente ad infinitum hasta que se te antoje tirarte. La incertidumbre y el miedo siguen exactamente igual que cuando acababas de subir, y tienes dos opciones. Sabes, no obstante, que en realidad sólo hay una, porque de la otra te arrepentirás un largo período, y ése es el momento justo: a tomar por culo. Te tiras. Y una vez ya ha pasado, sabes que has decidido correctamente.
Pues así tomé mi decisión de cortarme el pelo yo. Extremadamente meditado, lo sé. Obviamente, mi madre se llevó las manos a la cabeza, pero yo seguí con mi plan sin inmutarme. Decidí el día para no posponerlo más, porque ya llegaba a unos límites insostenibles. "Total," pensé, "¿qué es lo peor que me puede pasar? ¿Que me quede mal el pelo? Vaya problemón". Hace unos años, esta idea habría sido absolutamente revolucionaria en mi cabeza; todavía recordaba con claridad la vez que en la ESO me cortaron fatal el pelo y al llegar a casa (pues a la peluquera le dije que todo estaba correctísimo, por supuesto) me pasé llorando desconsoladamente un buen rato. En mi mente no había cabida para nada más que no fueran escenas del tremendo ridículo que haría el día siguiente. Entré en el ciclo de chica desquiciada con su pelo y miré los clásicos vídeos de "¡Cómo hacer que te crezca el pelo en un día!". Todos mentira, por descontado. Ese era mi nivel de desesperación y dramatismo, ya que mi pelo era probablemente mi atributo más sagrado, prácticamente el único que merecía mi respeto y podía resplandecer. Que me cortaran un centímetro indeseado era motivo de sublevación, y sin embargo cuando me planteé cortarme a mí misma el pelo esos temores habían desaparecido en su mayoría. Sí, no tenía intención de parecer un payaso, pero poco más. Supongo que con los años mis problemas pasaron a ser otros, más serios que un "me han cortado demasiado el pelo y ya no lo tengo del largo que quería", además del hecho que también cada año me va dando más igual mi aspecto. Sí, intento no parecer en extremo lo descuidada que soy, pero más que nada para no llamar la atención. No, no siempre es así; también me gusta arreglarme y sentirme bien con mi aspecto físico de vez en cuando, mas lo que verdaderamente me gustaría que estuviera normalizado es el poder llevar siempre la misma ropa o con pocas variaciones: aquella con la que me siento yo, con la que me siento cómoda, con la que no tengo que estar martirizándome todo el día pensando en si queda bien o no, en si se ve raro tal detalle, en si me pega esa ropa o doy el cante.
Todo esto sólo pone de relieve mi complicada relación con mi imagen, que a la vez me va importando menos conforme pasa el tiempo. De modo que, en efecto, había ya poco que me impidiera cortarme el pelo. Mientras no me hiciera un verdadero trasquilón, nadie iba a notar nada siquiera, así que estaba más bien tranquila en ese aspecto. Seguía (y sigo) teniéndole mucho aprecio a mi pelo, pero ahora mantenía con él el tipo de relación que mantengo conmigo misma: es lo mejor que tengo y lo respeto, aunque al mismo tiempo no me importa en exceso lo que le pase. En realidad, esto último no es del todo cierto. Le tengo muchísimo más respeto a la integridad física de mi pelo que a la mía, que es prácticamente nula.
Llegó el día. Parecía mentira, y ni sabía cómo hacer esa locura. Las tijeras, el peine, mi pelo, eran demasiados frentes. No tenía ni la más remota idea de cómo hacer que quedase recto. ¿Cortarlo sin más? ¿Ángulos extraños? ¿Coger un mechón de detrás intentando que no se mueva y cortarlo "recto"? Para que os hagáis una idea, es como trazar una línea "recta" sobre una superfície esférica y luego aplanarla. Eso de recto no tiene nada. A pesar de estas pequeñas chapuzas diversas, fue algo increíblemente terapéutico. Ir cortando trozos y ver como caían al suelo, el largo rato (porque sí, se tarda bastante más de lo que parece si eres un novato) yo sola con mis pensamientos o simplemente sin pensar en absolutamente nada... Me encantó esa sensación. Y para colmo, me quedó el pelo perfectamente, así que el año siguiente repetí. No obstante, no hice exactamente lo mismo. En cierto modo sí, porque volví a hacer una estupidez que curiosamente salió fenomenal.
La vez anterior no estaba ni por asomo tan nerviosa como esta. Y es que una nueva cuestión había hecho acto de presencia en mi mente, y se rehusaba a quedar desatendida: ¿Me corto flequillo? La última vez que lo hice fue horrible con todas las letras, pero tengo debilidad por los flequillos, y yo definitivamente quería uno. Son adorables. Así que la noche anterior no podía dormir, y no paraba de dar vueltas en la cama pensando en si hacerlo o no. Claro está, yo no había dicho nada a nadie ni había pedido opiniones, porque para ciertas cosas soy muy secretiva, y justo en ese momento me llegó ayuda caída del cielo: a las 3 de la mañana y en el culmen de mi locura mi amiga me envia algo por twitter, señal de que estaba despierta. Rápidamente le pregunté al respecto, porque llevaba toda la noche dándole tantas vueltas que ya no sabía ni qué quería. La idea le pareció increíble, así que sólo necesité ese pequeño apoyo para decidirme. Una vez más, mi madre se desesperó, pero ya no me importaba lo más mínimo. Tenía muy presente los incontables vídeos de tiktok de chicas que acaban con un mechón de un centímetro y en punta, así que nada de prisas: tenía que ir cortando poco a poco y dejando mucho margen, que eso siempre tenia arreglo. El resto del pelo me lo corté igual que la vez anterior, es decir, sin ninguna metodologia normal ni eficiente si no más bien como un programa informático cuyo código es una auténtica basura pero milagrosamente funciona. Y una vez más, resultados asombrosos: mi flequillo era increíble. Además, ese día iba con eyeliner, lo cual contribuye enormemente a verse bien uno mismo. Las amigas a las que les envié la foto del resultado estaban entusiasmadas, y el lunes siguiente que fui a la universidad fue el día que más gente me dijo guapa. Es más, creo que sólo en ese día me dijeron guapa más veces que en el resto de mi vida entera. Casi no sabía ni dónde meterme con tanto cumplido, genuino además. A partir de ahí y después de ver como era la rutina de llevar flequillo me acostumbré totalmente, y es por supuesto de lo mejor que me he hecho. A veces es una mierda y no es precisamente el peinado más práctico del mundo, porque cuando hace una mínima ráfaga de viento llevo los pelos de punta y si llueve o me baño parezco un pollo calvo con un par de mechones en la frente. Pero bueno, cosas que pasan. Ahora mi flequillo y yo estamos unidos contra todas las desgracias que me asolan. Ah, y a mi hermana no le gusta nada, dice que me queda fatal. Eso significa que estoy estupenda.