divendres, 26 de setembre del 2025

Una muñeca

Aunque haya escrito una supuesta introducción, esta es la verdadera introducción a la persona que soy ahora. Esto lo escribí hace ya tiempo, pero sigue igual de vigente que antes. En muchos de mis escritos encontraréis temas y metáforas recurrentes; eso es porque esas ideas han dado mil vueltas en mi cerebro. Al final, de todos los demás textos se puede trazar una conexión (más o menos notoria) a este escrito. Este es el original, supongo, e irónicamente uno de los mejores al respecto. Hablo de la mayor constante y problema que me ocasiona la depresión desde hace años: la apatía, la falta absoluta de cualquier emoción.


 La apatía es, en el fondo, un mecanismo de defensa más. Cuando todo se vuelve doloroso, al final dejas de notarlo. Te haces "inmune"... O eso crees en tu ignorancia. Tu semblante permanece inmóvil ante cualquier comentario o acción, te resbala como la lluvia en un paraguas, como si estuvieras viendo todo a través de un cristal algo borroso que amortiza el ruido. Inexpresiva. Nada te importa. Todo te da igual. No te preocupas por nada ni por nadie. Esas son las conclusiones que se sacan de ti. Ya no sientes como un sinfín de emociones burbujean dentro de ti queriendo salir, imposibles de reprimir, ahora todo es vacío. Nada tiene un sentido, empiezas a cuestionar si una existencia hueca y gris tiene alguna finalidad. Sólo te mueves como un robot, como una muñeca que camina, come y dice cosas, pero nada más. No piensa, no siente, sólo sigue su rutina programada día tras día. ¿Vale la pena comer? ¿O dormir? No lo parece, es el equivalente de darle cuerda a la muñeca, para que siga igual. No tiene deseos propios, ni ambiciones, ni sueños. Ningún tipo de propósito o algo con lo que mirar hacia delante. Ni siquiera se puede clasificar como vivir, es únicamente existir. Y, ¿eso tiene algún valor? 

Si le preguntas a la muñeca qué quiere, no sabrá responderte. No sabe qué quiere de regalo de cumpleaños, qué quiere hacer en el futuro, ni siquiera sabe si piensa permanecer aquí mucho tiempo. Es totalmente incapaz de pensar más allá del presente inmediato, porque le parece absolutamente irrelevante. Todo en absoluto parece irrelevante, y como tal debe acabar. Al fin y al cabo, la vida se hace demasiado larga para los fantasmas. Deambulan sin rumbo y sin saber por cuánto tiempo, y sólo pueden arrastrarse de un sitio a otro mientras esperan. El vacío que sienten no se puede llenar con nada y toda acción es inconsecuente. Por mucho que les parezca lograr encontrar algo, no es más que una esperanza absurdamente vana.

Al principio te convences que esto es mejor, que cualquier cosa es mejor que el sufrimiento. Esos pensamientos que te acechan cada noche, preparados para atacar a la mínima señal de debilidad. Se cuelan por una pequeña grieta y no puedes escapar. Todo se acumula, y no puedes soportarlo, no puedes soportarlo, no puedes soportarlo ni un día más... Hasta que de repente ya no lloras más. Un día, los mismos pensamientos no te provocan ni un poco de desesperación, sólo una resignada aceptación. Parece una salvación, pero nada más lejos de la realidad. Aunque en un inicio te pareciera que las emociones hubieran desaparecido, no era cierto. Seguían allí, pero esta vez atrapadas, recluidas en una celda sin resquicios por donde salir al exterior y liberarse. Se juntan y se comprimen, reprimidas en el fondo de tu ser, tanto que al principio ni las notas. Pero como no tienen forma de salir, es como un vertedero cuya montaña de escombros sólo crece con el paso del tiempo. Y llega un momento en el que te das cuenta que no es que no sientas, es que ya no puedes sentir. Que estan ahí, pero no puedes llegar a ellas. Y ya no es sólo el dolor el que no se manifiesta, tampoco la alegría. La risa cada día es más falsa, y no puedes ni interaccionar con tus amigos. Es como una prisión. Hay una barrera invisible que te separa de tus sentimientos, es decir, de tu propio ser. A pesar del sufrimiento, sin tus emociones no eres más que una muñeca sin personalidad. Quieres dejarlas salir, expresarlas, liberarte de ellas, pero no puedes. Todo permanece quieto. Intentas llorar, y tu, que llorabas cada noche, no puedes encontrar ni una sola lágrima en tus ojos. Esencialmente, te roba tu persona y la sepulta bajo tierra, donde nadie puede encontrarla. Inalcanzable, quedas relegada a ser la muñeca. 

Quizá la angustia que sentías antes ya no te atenaza la garganta, amenazando con dejarte sin respirar y la cara llena de surcos salubres, sin embargo, el sufrimiento permanece. Es verdad, no hay dolor. El cerebro no parece que te vaya a explotar, no hay momentos donde te vuelves histérica y te planteas si no estarás loca de verdad, momentos en los que tú, atea que eres, le preguntas a Dios qué has hecho para merecer esto. Pero ya no eres tú. Eres una mera sombra, tu mente adormecida y aletargada y todo tu ser queda atenuado, como si te hubieran tapado con una manta enorme y gruesa, de color gris. No negro, que es como veías antes el mundo, sino gris. Un color inconexo, a medias entre el blanco y el negro pero sin ser ninguno de ambos realmente. Es un páramo desolado, algo triste quizá, sin nada relevante. Te miras al espejo y ves unos ojos que examinan tu cara, muertos. Ninguna emoción. Estás muerta, después de todo. Tan muerta y tan inconsecuente, tan poco digna de atención que olvidas hasta haber mirado tu reflejo siquiera. Tampoco recuerdas qué has comido, qué ha pasado hoy o cuántos años tienes. No es de extrañar, pues dejaste de vivir hace tiempo, y los fantasmas no generan memorias. Sólo tienen las pasadas, aquellas a las que se aferran con desesperanza y consternación, aquellas que se van disolviendo con el tiempo, al igual que ellos mismos. Son sombras hechas de polvo, y una ráfaga de viento se lleva la mitad. 

Llegó un momento en el que las fechas dejaron de significar nada. 2024. 2025. 2014. 2019. Esos números ya no me provocan nada. Septiembre. Febrero. Junio. Los meses parecen todos iguales, lo único que te permite distinguirlos es el clima. ¿Vivir 70 años? No parece algo asequible. No sé cuál es la esperanza de vida de los fantasmas, pero espero que no sea larga, porque todos y cada uno de nosotros queremos desaparecer finalmente de un sitio donde no pertenecemos. Vagamos por la tierra de los mortales, pero somos fundamentalmente diferentes. Como tales, debemos desaparecer una vez desechados: hasta a una muñeca automatizada se le gastan las pilas. Los circuitos se fríen o dejan de funcionar, y se queda en el estante. No puede hacer nada por ella misma, por voluntad propia, si es que aún tiene. Es incapaz de moverse, incluso para hacer cosas que le gustaban. Algo tan sencillo como ver una serie se vuelve tarea imposible, por no hablar de aquello que ni siquiera tenias ganas de hacer para empezar. Tampoco es que eso importe, desde fuera se ve todo siempre de la misma manera: no quieres hacer nada. No te preocupas por nada, te da todo igual. Eres el ser más vago y con más desinterés por el mundo y las personas que te rodean de todos.

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